Por Pablo Desimone - 16/11/2010 - 07:22

Vamos River, a cantar, rezar y amar

Vamos River, vamos gente. A cantar dejando la vida y el corazón porque el clásico con Boca vuelve a tener olor a final. Por que nos jugamos puntos decisivos en esta lucha insólita por la  permanencia, porque debuta Jota Jota  (un grande repatriado) y porque es Boca. Que también llega mal. Pero es Boca. El rival de toda la vida. Al que queremos ganarle siempre, con el  que no queremos perder nunca. Ese “campeonato aparte”. Y porque somos herederos de los “habitantes del Infierno”, aquella murguita de principios de siglo XX que nos regaló los colores. Y esa música que llevamos en los huesos.

Porque el Plata y el Riachuelo estarán otra vez frente a frente. Ellos nuestros primos menores. Los otros genoveses que llegaron dos años más tarde al cielo futbolero de principios de siglo. Y de nuevo habrá  “cien barrios, sin ciudades, sin vermouth, sin cine, sin supermercados llenos, peluquerías ni pichichos que pasear”. Y un país que se parará desde la Quiaca a Ushuaia porque juegan River y Boca. Y nosotros contorneando, bramando, allí, con el Plata que nos empuja desde atrás. Desde la pampa líquida con su viento aliento. Desde el destello espumoso de su  blancura tarde, esa  rabiosa y roja bravura del oleaje. Que nos viene a mojar más el sudor y a robarse nuestras sales. Y volverse mar alguna tarde, a aprender alguna vez como se hace para que sus dulces aguas se sazonen y se hagan de River, luego, continentes.

Y vamos a rezar para que sea esta tarde, ésta sola, que al fin halle catarsis, desagote ese llanto sin llanto. Esa mezcla de angustia y emoción, cuando uno quiere y las cosas no nos salen. O nos salen, malditas, como el diablo. Todos sabemos que llegamos heridos a este partido de incertidumbres por nuestros propios problemas, de abyecta y vil naturaleza. Pero que nuestra oración va a curar ese pasado. Porque el amor siempre triunfa al cabo.  No, no hay más  que entregarlo todo sin temor que nos paralice el miedo. Hay ya tomada una decisión de investigar civilmente hacia aquellos que nos robaron el presente. Y no es poco.

Reconozcámoslo orgullosos, si fuéramos Boca  estaríamos muy cerca de colgar un trapo negro. Nosotros, antes de hacerlo, nos cortaríamos las manos. El ciclo de Astrada pasó, pasó también el de Cappa. Vuelve el Negro Jota Jota, pero el ciclo más grande es sin dudas el nuestro. Y esa oración de fe que recita Martín Fierro: “los hermanos sean unidos, ésa es la ley primera”. Regalémosle nuestro apoyo incondicional al equipo. Todos de rojo y blanco. Sería  un acto contranatura convertirnos nosotros en nuestros propios verdugos. Vivamos el clásico como el último de nuestra vida. Recemos por reencauzar nuestros designios: el refinamiento de estilo, el espíritu fraterno, la transparencia de acción y la inteligencia.

“No les demos pasto a las fieras y pongamos el carro por detrás de los caballos”.  El bosque debe seguir siendo talado, arado y sembrar de nuevo. Para que resurja River en el canto de sus pájaros, nuestros pichones cracks.  Para siempre, como debió ser. Refundar el “semillero del futbol mundial” es una de las tareas, junto al reordenamiento institucional. Ganar el clásico es una necesidad y una urgencia. Pero que lo urgente, no tape lo importante.

Hagamos que se rompa el cielo y bajen los “ángeles guardianes” de la escuela de Pedernera y Angelito, a darnos su presente. Para dejar lacrado, una vez más, este “pacto para vivir”, así quedarán definitivamente habilitadas las tardecitas holgazanas de cielos circunspectos, los  viriles simulacros de batallas y podrá ser baldeada la melancolía.

Amemos. Apostemos al triunfo, con todo el fervor, como cuando éramos pibes. Bailemos cuando ronquen nuestros murgueros, y que nos arrastre la marea roja y blanca, como enjabonados, una, dos, tres infinitas veces para acá y para allá. Hasta vernos revolcados, desparramados en el piso de noventa grados. ¡Tantos cuerpos entrelazados como goles festejando! Que nos bañe el deliro. Porque todos sabemos que éste es el clásico más “picante”. Que se juega bravamente arriba y abajo. En el césped y en el cemento. Y a nosotros, esos locos de arriba…los de la fiesta, los ridículos, los  locos disfrazados,  no nos queda más loquero que el credo, ciego, sin Lázaro, soez, irónico, disfórico, hiriente y picaresco. Que nos asalte el ladrón de lo “prohibido” sin que hagan su agosto los violentos.

Amemos, sin pedir nada a cambio. Que es la mejor manera de saber que vamos a recibir. Esta pasión es absolutamente inagotable. Hagámosela sentir al equipo…
Porque  “aunque ganes o pierdas” seguiremos bailando, rezando y amando. Sin parlantes, sin fugarnos en el primer tiempo, sin Cabaret, sin trapos negros. ¿Okey, Boca?

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