Por Pablo Desimone - 07/01/2011 - 12:49

Con Ortega se va el jugador del pueblo millonario

Ariel Arnaldo Ortega a River le dio todo. Todo lo que un hincha puede esperar de un jugador de fútbol. Magia, alegría, talento y amor a la camiseta. Y siento en esta marea confusa de afectos y razones, que River, a su manera, en el medio de sus convulsiones internas también le dio todo.  Afecto, contención, comprensión. Su lugar en el mundo. ¿Qué pasó para que se rompiera este vínculo? No conozco la interna del vínculo, la letra chica de esta historia. Sólo entiendo que la vida es un abrir y cerrar círculos permanentemente. Cientos de redondeces concéntricas que se tocan en los bordes y que el núcleo de la vida de Ortega estuvo River.

Parece ser que este final estaba escrito. Curiosa paradoja del destino la de  Jota Jota. Haber tenido que oficiar de cartero de una decisión que alguna vez le tocó sufrir en carne propia. Lo cierto es que todo indica que fue una decisión que la Comisión Directiva tenía resuelta hace tiempo y nadie se animaba a pagar tamaño costo político. No pocos pensaron en el retrato de Dorian Grey. Y alguien se animó. Es complicado tomar posición en cuestiones donde se nos mezclan los afectos, una idolatría como pocas y algunos temas que tienen que ver con la interna del vínculo y la letra chica de la historia, que sólo conocen los protagonistas. Resulta difícil aceptar que “el hijo” futbolístico del Kaiser haya terminado así de manera tan abrupta. Sin embargo, contradicciones dirigenciales al margen, Ortega se está yendo de River a lo Ortega.

Solo sé lo que Ortega fue como jugador. Y a sus pies me rindo. Ortega fue el que siempre quería jugar, el que siempre soñaba con un nuevo caño Fue el último wing argentino (sus tres mundiales dan cuenta de ello). Fue quien hizo hablar a la pelota e  inventó a hacer equilibrio sobre  la raya de cal. El que tuvo el mejor freno del mundo. El que rompió caderas a diestra y siniestra. Desairó como pocos a los defensores más rudos y los desafió con su habilidad.  El que hizo los goles de “zapatilla” más exquisitos. Los amagues más indescifrables, las taquitos más insolentes. Y por sobre todas las cosas, aquél que siempre jugó igual. Utilizando el engaño como arma letal. De niño, de  joven y ya maduro, aunque jamás creció. Fue el  Peter Pan que nos invitó a volar en su rebeldía de potrero. Esa “dictadura” abolicionista de los creativos que  muchos técnicos se han empeñado en glorificar.

Ortega nunca cambió. Ni quiere cambiar. Fue “chico sin límites”.  Todos lo sabíamos. Desde aquel día que Ramón lo quiso sacar y terminó liquidando a Racing con una obra maestra a Nacho González, el arquero de la Academia. Ortega hoy, este del look de trencitas, es aquel mismo Ariel. ¿Por qué pretender que deje  de ser como es? No me conmueven las moralinas proféticas de quienes le auguran un futuro de tapas rojas de “crónica”. Si fue transgresor, bolichero, vago, adicto, mal ejemplo -etiquételo como quiera-  en la cancha pagaba con desparpajo e inventiva.  Fue el “jugador del pueblo riverplatense” durante dos décadas.

Quienes esperaban que Ortega fuera un “nuevo” Almeyda se equivocaron de persona. El León está preparando su retiro desde dentro y fuera de la cancha. Cada persona es un mundo. Ortega sigue siendo el mismo chiquilín que llegó desde Ledesma para desafiar un mundo tan ajeno que ni siquiera sabe que existe la siesta. Aquél que debutara con Passarella como técnico. El Changuito que llegó, se crió aquí y  debutó el 14/12/1991 frente a Platense. El que se fue y volvió tres veces al club. Primero a Europa (Valencia, Sampdoria, Parma). El que regresó para armar con el Tolo aquella delantera inolvidable: “Los cuatros fantásticos”. Con Aimar, Saviola y Angel.

Partió a Turquía, quizá su etapa más oscura y luego lo recogió Newell’s con quien fue campeón. En el 2006, retornó a Núñez y con Simeone fue decisivo en el título obtenido en el 2008. Peregrinó por Mendoza en Independiente Rivadavia, cuando la vida le pegó un tirón de orejas. Y en el 2009 regresó al Monumental, donde se le dispensó siempre un trato diferenciado, para alguien que fue distinto.

Y en el 2009 regresó definitivamente a River para ser feliz. ¿Qué esperaba Ariel para este 2010? ¿Cuál era su proyecto mientras el reloj biológico lo acechaba como un fantasma invisible? Ortega fue el inventor  de lo absurdo dentro del rectángulo y el que vivió haciéndole amagues a la disciplina fuera de la cancha. ¿Por qué tendría que irse como el Enzo o el Beto? Con partido homenaje, con todos los flashes puestos sobre él. ¿El lo hubiera deseado así? ¿Lo habría pensado? Demasiados interrogantes sin respuestas.

Ortega fue crack e ídolo a su  manera. Y convengamos que le imprimió un sello propio a su vida profesional. Por qué no inferir también que inconcientemente se venia despidiendo con su peculiar estilo. ¿Que no era profesionalmente correcto? Puede ser cierto, tanto como que siempre fue “el mimado” del Kaiser. Pero la vida es cambio y lo institucional implica tomar decisiones, muchas veces a contramano de nuestro corazón. Hay un conventillo lacerante. Que es impropio del campeón del siglo. El cabaret ya tiene dueño.

Racionalmente hubiéramos preferido otro final. ¿Si hay tiempo? No lo sé. Las últimas reuniones darán su veredicto. Pero hay un tema clave. No sé si era tan feliz, en la actualidad. Y allí está el enigma que siempre le resultó duro descifrar. Ortega siempre quiso vivir para “jugar”. Disfrute o acostumbramiento. ¿Quién lo puede saber? Sólo sabemos que nos queda un vacío inmenso. Que con Ariel se va una parte grande de “La gloria de River”. Para quien esto escribe, me importa un pito si vivía al palo. Ariel será siempre un intocable. Ya lo dije: Ariel fue el jugador del pueblo millonario de las últimas dos décadas. Que el tiempo diga su verdad. “Todo lo que termina, termina mal y si no se termina, se contamina más y eso se cubre de polvo”.

Imagen: La Página Millonaria.

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