Un año para no olvidar
Por Alejandro Lopez Mateo - 08/12/2007 - 14:59

River cerró -por fin- un 2007 que estuvo signado por los fracasos deportivos, los escándalos mediáticos, la violencia y la incapacidad dirigencial. Un despilfarro de prestigio que ni el tiempo ni los posibles campeonatos podrán borrar. La victoria sobre Racing en Mar del Plata marcó el inicio de un año que se esperaba auspicioso para River, pero que enseguida se transformó en una pesadilla de doce meses interminables. La caída de Ariel Ortega en la misma noche del triunfo sobre La Academia y su consecuente abandono de la concentración en plena pretemporada fue el primero de los innumerables cimbronazos que sacudieron Núñez durante este 2007. Poco después llegaron la inexplicable exclusión de Germán Lux por parte de Daniel Passarella y la tan tempranera como catastrófica eliminación de la Copa Liberadores, que terminaron por dar cuenta que River se perfilaba para escribir uno de los capítulos más oscuros de su historia. Y así fue: a los escándalos deportivos y mediáticos se les sumaron los institucionales. Aquellos dirigentes y barras que desde siempre se afamaron de querer al club fueron, en definitiva, los autores intelectuales y materiales de un caos ajeno al amor y la pasión del hincha de verdad. Pero no fueron los únicos responsables en hacer del Monumental una verdadera hoguera. El Káiser fue otra de las figuras nefastas que demostraron poco y nada de interés por la camiseta. A fuerza de una promesa que se presagiaba utópica desde el principio intentó perpetuarse al frente de un plantel que jamás le respondió. Seguramente el manejo del grupo en casos cruciales como la novela Carrizo-Ojeda tuvo que ver en la falta de compromiso de parte algunos jugadores. Después de todo, los papelones ante San Martín, Tigre y Argentinos difícilmente hayan sido casuales. Entonces su renuncia fue inevitable, a pesar de la alegría sobre Boca y de que las hazañas ante Botafogo y Defensor Sporting alimentaran la esperanza sobre lo que luego derivó en el último gran fracaso. Aunque más allá de la comparación con una hoguera, se podría decir que el Monumental fue el fiel reflejo de un potrero. En el afán por volver a cerrar el balance económico con superávit, los dirigentes abrieron las puertas del estadio para cuanto recital se quisiera organizar en el país. De esa manera -entre otras artimañas-, lograron tapar los pozos de un evidente desajuste financiero y dejaron a la vista sólo los del campo de juego. Así y todo, la llamativa ausencia de los representantes de socios oficialistas a la hora de aprobar este dibujo maquiavélico de números obligó a la minoría opositora a prestar los votos faltantes para aprobar el balance, dejando en claro que lo que pasa en River se resuelve en River. Lo que no hubo forma de resolver puertas adentro fue la elección del nuevo técnico. Enzo Francescoli, Américo Gallego, Leonardo Astrada y hasta Ramón Díaz se negaron a agarrar semejante fierro caliente. No era para menos, los que conocen el club saben muy bien de qué se trata y dieron un indicio inequívoco de la crisis institucional que se atraviesa por Núñez desde hace algunos años y que en este 2007 se profundizó enormemente. Una crisis que, venga el técnico que venga y gane lo que gane, no debiera olvidarse. La grandeza de River y la pasión de su gente no lo merecen.












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